LO QUE HA DE VENIR

03/04/2017

     Dicen que hay tres días en el año que relucen mas que el sol. Ayer no fue ni Jueves Santo ni Corpus ni el día de la Asunción, pero el sol relució en la ciudad en un día que se señala en rojo en muchos hogares. 

 

     Ayer no era otro día mas en el calendario de una cuaresma en la que los días se cuenta al revés. Ayer la ciudad amanecía vestida con el traje de la impaciencia. Por que Sevilla sabe que en 7 días las calles olerán a incienso, se dibujarán en las paredes sombras con forma de canastos y cresterías, y todos seremos expertos meteorólogos capaces de predecir en qué metro cuadrado de asfalto caerá la sombra de aquella nube que asoma por los cerros de Castilleja de la Cuesta. 

 

     Por suerte mis aspiraciones no pasan por ser pregonero. Digo por suerte para mi porque la poesía me dura un párrafo, y como que no me veo subido a ningún atril leyendo folios encuadernados en pastas de plata mientras agito la mano al viento y enhebro bonitas palabras que hagan ponerse en pie a todo un teatro.

 

     Creo que tengo un trauma con eso de los teatros y la muchedumbre aplaudiéndome pero eso es otro tema.

 

     Como lo mío es fotografiar, ayer se juntaron el hambre con las ganas de comer. Y es que al igual que otros años, el Domingo de Pregón es un día grande en Sevilla y hay multitud de besamanos  y besapies que aglutinan a miles de personas que hacen cola para pasar durante unos segundos ante una imagen. Cada hermandad con su particular forma de hacer las cosas, desde la sencillez y la sobriedad de una capilla con cuatro hachones y telas negras hasta la espectacularidad de la luz milimétricamente colocada para que ilumine los huecos precisos de un altar de cultos. Aquí en Sevilla, incluso el exceso (casi siempre) está medido.

 

     Esta vez no quise repetir lo de otros años en los que hacía acto de presencia una vez entrada la mañana cuando ya muchas iglesias están abarrotadas y poco se puede hacer. Me apetecía aprovechar el día desde primera hora, planeando mi ruta y sabiendo el orden que iba a seguir. Suena "jartible" pero lo bueno de conocer la ciudad y su rutina, es saber a qué horas no se debe estar en determinados sitios. 

 

     Quería disfrutar fotografiando. No es que no me divierta el resto del tiempo cámara en mano, pero quería acabar el día con unas determinadas fotos en la tarjeta de memoria. No me bastaba ni quería que fuese suficiente volver a casa, abrir el ordenador para repasar el trabajo hecho y ver que cada foto era mas de lo mismo. Fotos ya vistas y que poco tienen que decir excepto ilustrar cómo estaba montado cada besamanos en cada Iglesia. Quería hacer una mini serie de fotos totalmente abstractas, paralelas a la realidad, difusas pero que en cada foto por si sola se pueda identificar aquello que se ve.

 

     Un choque entre la fotografía y el impresionismo. Nada nuevo si ya habéis visto mis fotos anteriormente.

 

 

     Son fotos que no está hechas para que gusten, están hechas porque me gustan. Aportan una estética tan alejada de los convencionalismos en la fotografía que suponen un reto a la hora de hacerlas. No es fácil, no se trata simplemente de hacer una foto movida sin sentido. Al igual que en las largas exposiciones y en los barridos de seguimiento existe un propósito concreto a la hora de fotografiar, mi propósito aquí es dibujar el movimiento con la cámara para plasmar posteriormente sobre el plano focal esa abstracción mas cercana a la pintura que la fotografía convencional. Quizás estéis pensando que os quiero vender la moto, y que ésto no es mas que una foto movida que no aporta nada. Por suerte, la fotografía queda encuadrada dentro de la categoría de arte por definición, y como arte es subjetiva. Así que voy a considerar este tipo de fotos una licencia creativa que me permite coger aire y quien sabe si además crear tendencia. 

 

     Dicho esto, que nadie piense que estuve todo el día haciendo experimentos y disparando fotos a velocidades lentas. Todo tiene su momento y  su por qué.

 

     El resto de la mañana llegué a sentirme incluso inspirado, de esas veces que vas como caminando por la vida como Melendi, y la vida te sonríe, pues igual. Iglesias y capillas mas o menos en calma, no demasiada gente alterada por querer fotografiarlo todo con el móvil para mandarle por whatsapp la foto a la amiga de Alicante, niños que no corren desbocados ni gritan innecesariamente por las naves del templo (que me perdonen los padres). Hubo templos en los que coincidí con la misa y no quise esperar y continué mi camino, sin molestarme por no haber podido hacer fotos. 

 

     El día era un regalo y había que disfrutarlo. Según avanzaba la mañana, mas gente, mas colas, mas esperas...y menos posibilidades de hacer fotos, todo se iba reduciendo a los detalles y a tener paciencia. 

 

     Suerte que soy una persona bastante calmada en la vida en general, lo cual me ayuda a tomarme la fotografía como creo se debe afrontar cuando se hace por ocio y gusto. Saber esperar el momento y saber colocarse en el centímetro cuadrado justo para hacer la foto a veces ayuda aunque cuidado con estar mas de 30 segundos sobre una misma loseta de suelo. Cuenta la leyenda que si haces mas de tres fotos sobre la misma loseta, aparece un señor vestido de chaqueta y con la medalla al pecho que te indica amablemente que debes apartarte de ahí. Suerte que es sólo una leyenda y esas cosas no pasan. Cuenta también la leyenda que hay fotógrafos que incluso son recibidos con los brazos abiertos en las hermandades y se les ofrecen todas las facilidades, sobre todo si llevas una pegatina en el parasol del objetivo. Suerte que esa es otra leyenda urbana y no hace falta tunear con pegatinas el equipo. 

 

     Al cabo de las horas, llegó un punto en que el ambiente cofrade cercano a la puerta de una iglesia se juntaba con el ambiente cervecero del bar mas próximo, y ambos eclosionaban en torno a la mudá de la Borriquita que pasaba por ahí en su camino al segundo templo de la ciudad. Pareciera que fuera ya Semana Santa. 

 

     El día de ayer fue sólo un espejismo de lo que será Sevilla en 6 días. Una obertura cada año idéntica pero siempre distinta. Un día marcado por el protocolo del traje de chaqueta y la medalla en el pecho. Un día marcado por el pregón, por los últimos besamanos, por los pasos en los templos y las últimas mudás. Un día de sol y calor, deseo de todo sevillano para su Semana Grande.

 

     Ayer se vivió el preludio de lo que ha de venir.

 

 

 

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